La serpiente me engañó
“Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí. Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí.”
Génesis 3:12-13
Fíjate en el orden de la escena. Dios no llega acusando: llega preguntando. «¿Dónde estás tú?», «¿Quién te enseñó que estabas desnudo?», «¿Qué es lo que has hecho?». Cada pregunta es una puerta abierta para que el hombre diga la verdad. Y cada respuesta es una puerta que se cierra.
Adán no niega que comió. Hace algo más sofisticado: reparte la responsabilidad. Primero la mujer, y detrás de la mujer, Dios mismo: «la mujer que me diste». Eva aprende rápido y pasa la cuenta al siguiente de la fila: la serpiente. La primera conversación después del pecado no fue una confesión; fue una cadena de excusas.
Hemos perfeccionado la excusa
Han pasado milenios y el mecanismo sigue intacto. Solo cambió el vocabulario. Hoy no decimos «la serpiente me engañó»; decimos que fue un ataque, una maldición generacional, un espíritu que se levantó contra la familia o contra el ministerio. A veces es verdad que hay oposición espiritual —la Escritura no es ingenua en eso—, pero con demasiada frecuencia usamos lenguaje espiritual para no pronunciar la palabra más difícil de todas: yo.
Santiago no deja espacio para el reparto de culpas: «sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido» (Santiago 1:14). El texto no niega que exista un tentador; lo que niega es que el tentador sea el dueño de mis decisiones. La tentación toca a la puerta, pero la puerta la abro yo.
De eso trata, en el fondo, mi libro No es culpa del diablo: de la costumbre de espiritualizar lo que en realidad requiere responsabilidad, madurez y arrepentimiento.
Un obispo que no culpó a nadie
La historia de la Iglesia tiene un testigo incómodo para nuestra época. Agustín de Hipona escribió sus Confesiones ya siendo obispo, hacia el año 400, y en el libro II se detiene en algo que cualquiera habría considerado una travesura de adolescente: el robo de unas peras cuando tenía dieciséis años.
Lo extraordinario no es el robo, sino la honestidad con que lo examina. Agustín no culpa al hambre, porque no tenía hambre; ni a la necesidad, porque tenía peras mejores en casa; ni siquiera se refugia del todo en los amigos que lo acompañaban, aunque reconoce que solo no lo habría hecho. Llega a una conclusión que lo deja sin coartada: lo atrajo hacer lo prohibido. Un hombre con autoridad, con reputación que cuidar, eligió escribir en primera persona.
Ese es el lenguaje de los salmos penitenciales: «Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí» (Salmo 51:3). David no culpa a Betsabé, ni a la azotea, ni al tiempo libre de los reyes en primavera. Dice yo y dice mi.
Por qué la excusa nos sale tan cara
La excusa parece proteger, pero en realidad paraliza. Si la culpa siempre está afuera, entonces la solución también está afuera, y yo me quedo esperando que alguien ate, reprenda o rompa lo que en realidad me toca a mí confesar y cambiar. Quien nunca es responsable, nunca crece.
La confesión, en cambio, abre la única puerta que realmente libera: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9). Fíjate que la promesa no está atada a explicar bien por qué caímos, sino a reconocer que caímos.
Esta semana te propongo un ejercicio sencillo. Cuando algo salga mal —en tu casa, en tu trabajo, en tu iglesia— antes de buscar al culpable, hazte la pregunta que Dios le hizo a Adán: ¿dónde estás tú? No para hundirte en la culpa, sino para salir del escondite. Dios todavía camina en el huerto preguntando. La diferencia está en lo que respondemos.
CULPA
ÍDOLOS